La mayoría de los dirigentes de los partidos políticos están llegando a la conclusión de que los principios partidistas estorban cuando se trata de ganar votos.
Según sus prácticas, debe prevalecer el puro pragmatismo y lo demás es cosa del marketing, a tal grado que para las elecciones del 2012 se anticipa que se tratará de una contienda al margen de las doctrinas de los partidos de todos los colores.
La tendencia involucra a partidos coaligados en contra del PRI, pero también al mismo tricolor.
Los resultados electorales de Oaxaca, Puebla y Sinaloa en el 2010, los de Baja California Sur y Guerrero en el 2011, así como las elecciones locales que se avecinan en Hidalgo, Coahuila, Estado de México, Nayarit y Michoacán, constituyen los ensayos para la gran batalla por la Presidencia de la República.
Hasta el presidente Felipe Calderón planteó ante el Consejo Nacional de su partido, que se trata de buscar al “mejor candidato”, no necesariamente de las filas del PAN; en consecuencia se trataría de una persona sin principios partidistas.
Si la identidad partidista se ha estado desdibujando en las campañas proselitistas, en la etapa de los gobiernos constituidos se va borrando aún más, puesto que los nuevos gobernantes pueden tener a su favor la buena intención de cambiar el estado de cosas y una alta legitimidad otorgada por los ciudadanos, pero tienen en contra la red de intereses que reclaman el reparto de posiciones de poder y las presiones por mantener el status quo por parte de una minoría que los rebasa.
El compromiso de los gobiernos aliancistas debe orientarse a no defraudar la naciente confianza de los ciudadanos, por lo que es necesario plantear que si las diferencias partidistas dificultaron la construcción de una identidad en el periodo de campañas, ello no es un obstáculo para que se conviertan en gobiernos de carácter progresista, que eviten el riesgo de naufragar ante el reclamo para el pago de cuotas por parte de unas cuantas facciones.
Esta línea progresista se identificaría con las causas de las mayorías empobrecidas y con el compromiso de la justicia social, lo que podría ser la mejor carta de los nuevos gobiernos estatales para el realineamiento de fuerzas que observaremos en el 2012.
Asimismo, se mandaría el mensaje de que las coaliciones opositoras al PRI no sólo sirven para ganar elecciones, sino para construir gobiernos con rumbos bien definidos.
La situación no sólo tiene que ver con la búsqueda de las “mejores personas”, sino con la identificación de la ruta de los nuevos gobiernos, puesto que no se trata solamente de ganar sino de saber hacia dónde se va.
En este sentido cabe recuperar las precisiones sobre derecha, izquierda y centro, de Octavio Rodríguez Araujo (La Jornada, 5/03/11).
El profesor emérito de la UNAM indica que la derecha es la afirmación de lo existente, sus fuerzas son conservadoras y reaccionarias, mientras que las izquierdas luchan por mejorar las condiciones de vida de las mayorías y reducir la brecha entre quienes concentran beneficios y quienes carecen de ellos, por lo que se consideran como fuerzas progresistas.
Desde esta perspectiva, el centro sólo significa ambigüedad, ausencia de compromiso, por lo que es de derecha aunque no se reconozca como tal, y apunta que “no merece llamarse de izquierda quien no hace nada por disminuir la injusticia social ni por distribuir la riqueza, entre países, y dentro de un país, entre su población”.
Durante buena parte de la historia, las luchas de las izquierdas se identificaron por su aspiración al socialismo que terminaron con el fin de la guerra fría.
Más adelante, las luchas derivaron en el conformismo o en el gradualismo, y en este proceso de búsqueda de votos, incluso de sectores conservadores temerosos al cambio, fueron corriéndose al centro pero fueron perdiendo identidad.
Más allá de definiciones de geometría política, la situación actual de confusiones y ambigüedades sobre el rumbo de los partidos y de los gobiernos, hacen necesaria la identificación de referentes que se sintetizan en el cambio con orientación social o más de lo mismo.
Los responsables de las confusiones no son solamente los partidos de doctrinas distintas coaligados en contra del PRI, puesto que este último partido tampoco ha permanecido al margen de las contradicciones.
En su toma de posesión, el nuevo dirigente del PRI, Humberto Moreira Valdés criticó a los partidos opositores por sus “alianzas impúdicas o relaciones espurias” y señalo que el país ha extraviado el rumbo (El Universal, 5/03/11).
Habría que señalar que el rumbo quedó perdido entre los propios gobiernos priistas en donde no podemos poner tabla rasa desde Lázaro Cárdenas hasta Carlos Salinas o Ernesto Zedillo; su crítica a “quienes traicionan sus orígenes” se le puede revertir como búmeran.
El PRI no se puede identificar con el purismo del nacionalismo revolucionario en favor de las causas sociales, puesto que ese partido ha pasado sin ningún pudor al apoyo de políticas de mercado; incluso, resulta peor la manipulación del discurso de compromiso social cuando sus prácticas son de subordinación a los dueños del dinero.
La discusión tampoco puede reducirse a las virtudes o los defectos de los personajes que entran en disputa por las próximas candidaturas; la claridad del rumbo es una responsabilidad inmediata de los partidos y de los gobiernos para reencontrar sus propios compromisos y definir sus prioridades, en un momento en que aumenta la desconfianza de los ciudadanos hacia la política dominante.
De lo contrario, el riesgo es que los partidos identificados con el cambio progresista sigan ganando posiciones de gobierno y legislativas, pero queden atrapados entre la maraña de intereses facciosos y personalistas.
(*) Investigador del IISUABJO.
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