En Tlacolula, el órgano electoral, magnánimo, obsequia dos regidurías a personas que no fueron registradas en las planillas y, por tanto, no contendieron el 4 de julio y menos los tlacolulenses votaron por ellas.
Una entidad con una aguda crisis sociopolítica y económica, con su infraestructura vial destrozada, con una altísima deuda pública, las finanzas en bancarrota, pues en los últimos meses ni siquiera han podido cubrirse servicios básicos, como el pago del alumbrado público en la Ciudad de Oaxaca; con una nueva oleada de violencia en que, como a lo largo del sexenio, prevalece la impunidad; con la obra pública en pésimo estado, construida sin calidad, será lo que reciba el nuevo gobernante: Gabino Cué Monteagudo.
Se acabaron los discursos, las buenas intenciones que anunciaban el arribo de la democracia, las promesas de cambio, los planes de papel, la agenda común legislativa para “la transición” oaxaqueña.
Los cortes de luz que en días pasados se dieron en distintas áreas del Centro Histórico de la capital estatal, son también la representación simbólica de la larga noche de autoritarismo que nos dieron los gobiernos municipal y estatal que fenecen.
“Aquí no es necesario robar, lo que hay que hacer son negocios”, señalaba indulgente el titular de un organismo ejecutor de obra pública, para mostrar que él no caía en tentaciones.
En la actual agenda de riesgos están los conflictos que pueden suscitarse en las elecciones de los municipios que se rigen por los mal llamados “Usos y Costumbres” (UyC) y que devienen de distintos factores y condiciones.
Las imágenes no podían ser más elocuentes: de un árbol un adolescente colgaba de los pies en el atrio de la iglesia de Jalatlaco, uno de los barrios del Centro Histórico de la Ciudad de Oaxaca.