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Las alianzas inadmisibles

PALABRA DE ANTÍGONA.- Viajar al sureste mexicano, sin motivo ni programa es delicioso. Apenas puedo capturar la bruma que baja de la selva a San Cristóbal de las Casas y me emociona profundamente el paisaje de las montañas, las puestas de sol y las probaditas de selva que permite ir por la carretera de curvas peligrosas. 

El espectáculo de Palenque es sencillamente inconmensurable. La grandeza ataca. Y ahí, en Palenque, soñando me topé con una realidad tremenda. Vi un cartel, me regresé, lo leí dos veces. Rafael Ceballos es el candidato a la presidencia municipal de Palenque, por la Alianza de PRD-Convergencia-Nueva Alianza y PAN.

¿Qué? ¿Unir así? ¿Es por Chiapas?, de pronto se me echó a perder el paisaje de las cascadas de Misol-ha, únicas por su belleza y su raro sabor indígena.

Para entrar a Misol-ha, además de pagar la entrada a dos instancias: al gobierno y al control zapatista, era lo de menos. Hasta le tomé una foto al retén con las imágenes de Emiliano Zapata y del Subcomandante Marcos. Al fin, me decía, es nuestra realidad de trasmutaciones y galimatías.

El mestizaje cultural es absolutamente histórico. Pero al individuo que le ponen Rafa Ceballos, como decir el compa, el amigo, el de aquí cerquita, me remonta al paramilitarismo del que ese personaje fue acusado.

¿Entonces? Este personaje garantiza que el PRI creador del paramilitarismo en la dolida Chiapas, se le impide llegar con lo peor de los propios.

Entonces pensé que Jesús Ortega, dirigente nacional del PRD, es de Aguascalientes, donde domina el desierto y nadie atina a describir esas selvas maravillosas y no tienen idea de lo que significaron las aguas subterráneas y los cenotes sagrados.

Tal vez, por ello, al pueblo de Palenque se le están tratando de vender vidrios de colores y piezas de latón a cambio de oro, dignidad y futuro.

No se trata sólo del justificado sincretismo y mestizaje cultural, se trata de poder y dinero, de falta de ética.

Luego de recorrer todo el camino desde Ocosingo hasta el Cañón del Sumidero y la conocida presa de Chicoasen, vi toda la propaganda electoral.

Si se puede convenir con un promotor del paramilitarismo ni caso tiene examinar a cada una de las personas que están en las diversas candidaturas para el Congreso local y los ayuntamientos. Me dijeron que esa alianza torcida ganará, puesto que ahí, en Chiapas, el que manda es el gobernador Juan Sabines. ¡Qué horror!

Como no terminaban mis vacaciones me fui a Oaxaca. Me llamó la atención de manera profunda el eslogan de la coalición “Unidos por la paz y el progreso”.

No sé por qué, pero la historia pesa, los signos y significados de los lenguajes son poderosos y tremendos. paz y progreso, similar a orden y progreso, porque los argumentos de campaña hablan de eso: de orden y de paz, de acabar con las protestas sin resolver los problemas de fondo; porque fueron las frases de Don Porfirio Díaz, que tal vez inspiró al fascismo de Hitler.

En Oaxaca la población está inerte o se mantiene el poder de Ulises Ruiz, odiado por su pueblo o se hace el cambio. Gabino Cué, paz y progreso, orden y capitalismo, mando autoritario, ligado y comprometido con el peor de los conservadurismos, en el momento en que esta alianza ahora sellada y –se dice- conveniente para eliminar del lenguaje político cualquier cosa que se parezca a la libertad y a la justicia. Igual que en Chiapas, me dije, idéntico. Se trata de poner en orden a los indios insumisos.

Pero más adelante están los carteles con la imagen de una mujer, ex priista, ex simuladora de los derechos femeninos, encausada a concursar por el poder y el gobierno que tendrá nuevos personajes en diciembre próximo, tras las elecciones.

Bueno, me dije. Una mujer podría tener algún significado. Pero no lo tiene, es una comparsa del proceso, alguien que quería ser candidata por el PRI, sin posibilidades electorales.

Propuesta por el mismo partido que en Chiapas avala el para militarismo y la represión. El Partido Nueva Alianza, impulsado por el grupo de poder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SENTE), no puede sino eternizar los plantones magisteriales incomprensibles, que han cubierto de casas de campaña la hermosa plaza principal de Oaxaca, una de las más bellas ciudades de México donde el esplendor de los palacios coloniales y las artesanías y vestidos indígenas son el más elocuente sincretismo de México.

Y una segunda mujer como candidata del partido con registro estatal, Unidad Popular, una ex panista que como la anterior se fue cuando ya no le daban más posibilidades ¿de qué se trata?

Las alianzas políticas para llegar a los puestos de poder en las próximas elecciones son más allá del pragmatismo, una ofensa a la inteligencia.

No será con esos personajes funestos, de antiguas ideologías, de prácticas caciquiles y topadas hasta el techo de corrupción, como podrá combatirse a los abanderados del viejo partido de Estado, al PRI que habíamos creído del pasado.

La reflexión de algunos actores y otros que serán afectados con estas sincréticas formas de asaltar puestos y presupuestos, es que estamos viviendo la triste historia del desvío de la ética social y política de la partidocracia que empieza a ser un inmenso fardo para las y los ciudadanos mexicanos.

Frente a eso nada. Las mujeres tendremos que asumir que al retroceso sistemático que han sufrido nuestros derechos. A la muerte y al asesinato de mujeres por parto y desnutrición y por violencia de género, ahora se nos anuncia que estos personajes, avalados por lo que creímos un día era el camino de la libertad y la autonomía: una izquierda sin rostro, acomodada en los amplios sillones de la Casa de Xicoténcatl y las curules pueblerinas donde quien manda es el Obispo de la localidad, el cacique o el poderoso capitalista.

Orden y progreso nos espera, un futuro no incierto sino golpista, en su acepción de hecho, donde la palabra democracia ya no tiene significado y la ética social y política, se ha ido hundiendo en la estulticia.

Toca ahora a las feministas preguntarse ¿cómo algunas de nosotras estamos avalando estas alianzas y a estos personajes?

Más allá de la cuota de género y las ansias de participar en los espacios de toma de decisiones. ¿Alguien puede creer que en este contexto, vale la pena luchar por puestos para las mujeres?

 

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