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¿Independencia o dependencia de México?

Después de escuchar la gloriosa historia del inicio de la Independencia, a los mexicanos nos queda claro el sentido de libertad y nuestro deber de conciencia para pertenecer a una República del siglo XXI.

Hace 189 años, el 27 de septiembre de 1821, se consumó la independencia de México, por lo que en el año 2010, ante la alegría de unos y el escepticismo de otros por la celebración de dos acontecimientos de la historia nacional: el bicentenario de nuestra independencia de la corona española y el centenario de la revolución social, es importante hacer algunas reflexiones.

En el siglo XV no se imaginaban los europeos que más allá del océano Atlántico estaban ricas tierras pobladas de seres humanos con una cultura e idiosincrasia admirables, que en breve tiempo serían objeto de conquista.

Los españoles invaden el imperio azteca, subyugan a la nobleza y a hombres como Cuauhtémoc, símbolo de identidad nacional; sacrifican principios elementales de la dignidad humana y, antes de construir, destruyen sistemas y formas de vida.

Desde el 13 de agosto de 1521, ante la caída de la Gran Tenochtitlán, en las nuevas tierras de las naciones misteriosas del Anáhuac, la historia registra que comenzó la esclavitud de nuestros ancestros, debido al apetito de aventureros y a su sed insaciable de oro y de dominación.

Trescientos años duró esta vida de humillación y de sacrificio; 300 años los hijos de México no tenían esperanza en un futuro mejor, en un marco de libertad individual ni colectiva.

A principios de 1800, el virreinato de Nueva España era el dominio más extenso e importante de los reyes españoles en el Continente Americano, con una población que apenas ascendía a seis millones de habitantes, en un territorio de 200 mil leguas cuadradas. En su mayor parte, la población se componía de personas pertenecientes a naciones autónomas bien definidas.

Los más de tres millones 600 mil individuos, mal llamados indios por los conquistadores, desconfiaban y recelaban de las demás clases sociales.

A los mestizos e integrantes de otras castas se les privaba de toda instrucción.

Poco más de un millón de individuos de raza blanca tenía la Nueva España y, de éstos, sólo unos 20 mil eran españoles nacidos en Europa, a quienes se otorgaba un trato privilegiado en todos aspectos. A los criollos se les alejaba, incluso, de los empleos de mediana importancia.

La situación de esclavitud e inconformidad sistemática y la existencia en América del norte de una nación que recientemente había alcanzado su emancipación por haberse sublevado contra su metrópoli, constituyó una amenaza contra el dominio español, misma que se acentuó al estallar la Revolución Francesa que provocó la caída de la monarquía y conflictos entre Francia y España, de la cual España salió perdiendo ejército, dinero y territorios.

La entrega de la corona española a Napoleón Bonaparte, quien a su vez la entregó a su hermano José (pepe botella), tambaleó el poder de los españoles en sus colonias de América.

El 14 de julio de 1808 llegaron las gacetas de Madrid a la Nueva España, en las que se daba cuenta de dicha situación, por lo que el virrey José de Iturrigaray decidió comunicar lo sucedido y mantenerse a la expectativa.

Se registraron algunos antecedentes encaminados a la separación de las colonias de su metrópoli; entre otros, se puede mencionar el hecho de que el Ayuntamiento de la Ciudad de México comenzó a considerarse representante de toda la Nueva España, por ser municipalidad de la capital, planteándose la autonomía de España.

Los licenciados Azcárate y Francisco Primo de Verdad, regidor y síndico, respectivamente, eran partidarios de la independencia. Azcárate convenció al virrey de que era necesario crear un gobierno supremo provisional a cuya cabeza debía colocarse el propio virrey, mientras se seguía considerando a Fernando VII como Rey. Los miembros del Ayuntamiento dieron al virrey, el 19 de julio de 1808, la representación acordada.

Posteriormente, la conspiración de Valladolid en 1809, que fue preludio de la que se formó en Querétaro al frente de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Mariano Abasolo, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez, el corregidor Miguel Domínguez y muchos más, tenían un fin común: ¡¡¡proclamar la independencia de México!!!

Ignacio Allende, José María Liceaga, Ignacio Aldama, Andrés Quintana Roo, Carlos María de Bustamante, José María Coss, José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero Saldaña y Guadalupe Victoria, entre muchos otros valerosos hombres y mujeres como Doña Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario, fieles intérpretes de la independencia, eran expresión de las inquietudes latentes.

La visión de los independentistas tenía como base que el hombre tiene conciencia de libertad, que el mal trae siempre mal, que había de cesar la explotación irracional del hombre, que la verdad no es exclusiva de un hombre o de un grupo de hombres, que la consigna oculta de la sociedad colonial implicaba que los esclavos se sucedían a los esclavos, así como los déspotas a los déspotas.

El cura Miguel Hidalgo y Costilla lanzó el grito de guerra por la libertad la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en el entonces llamado pueblo de Cocomaca, hoy Dolores Hidalgo, Guanajuato.

Sin embargo, para lanzar un grito de guerra con un puñado de infelices, pero valientes labriegos, se necesitaba más que valentía y lozanía del corazón, ya que no era posible derribar de golpe la obra de dominación de tres siglos para levantar la nueva morada.

El proceso de lucha por la independencia estaba estrechamente relacionado con la búsqueda de una nación diferente, a pesar de los obstáculos a vencer, el inexorable tiempo que la realización de los nuevos ideales demandaba, y a la tarea que por mucho tiempo había que destruir con una mano y construir con la otra para no seguir el ejemplo destructivo del conquistador español.

Con la sangre de los iniciadores de la lucha y mártires como José María Morelos y Pavón, el “Siervo de la Nación”, el caudillo de más genio que tuvo la guerra de Independencia, la simiente estaba echada porque surgieron mujeres y hombres que sostuvieron la lucha durante los once años de insurrección.

Después se dio la coyuntura propicia para el aguerrido bando insurgente. En España tomaron el poder las fuerzas liberales reinstaurando la Constitución de Cádiz, que favoreció el pensamiento insurgente mexicano.

Entonces, los realistas negociaron para que la guerra concluyera y mantuvieran ciertos privilegios.

En noviembre de 1820, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero se entrevistaron en Acatempam, donde con un abrazo simbólico unieron a los ejércitos realista e insurgentes. Así, con esas dos caras, se pactó la Independencia de la Nueva España.

El 24 de febrero del año siguiente, 1821, Iturbide proclamó el “Plan de Iguala” y organizó al ejército que abanderó las tres garantías: religión, independencia y unión.

El 19 de agosto de 1821 se firmaron los Tratados de Córdoba, entre Don Juan de O´Donojú, el último virrey, y Agustín de Iturbide, reconociéndose formalmente la Independencia de México.

El 27 de septiembre de 1821 entró el Ejército Trigarante a la Ciudad de México, materializando la consumación de la misma.

Y 50 años después de consumada la Independencia, Benito Juárez García y los protagonistas del Liberalismo mexicano, establecieron el Estado laico con las Leyes de Reforma, dando paso a la secularización de la sociedad mexicana.

La sangre y el tiempo fueron nuevamente determinantes para consolidar la República Mexicana.

Cincuenta años más tarde, a 100 años del inicio de la Independencia, la historia de México se repitió: surgió de nueva cuenta el despotismo y la explotación desmedida hasta ofender la dignidad humana, provocando la Revolución Mexicana, que da como resultado una nueva Constitución, la de 1917.

A través de estos breves fragmentos de nuestra historia somos testigos de cómo el pueblo mexicano construye poco a poco, plasmando a golpe de cal y canto el rostro de una nueva nación a la que todavía aspiramos.

En el año 2010 el género humano está en plena conquista del universo, en desarrollo acelerado de tecnologías cibernéticas, pero también en riesgo la supervivencia humana por factores naturales como el cambio climático, además de la entronización de vicios humanos como la intolerancia, la inseguridad, la invasión del narcotráfico, la acumulación del capital cada vez más en pocas manos, los antagonismos entre pobres y ricos, la desaparición de culturas, la pérdida de principios y de valores y, por ende, de identidad.

La pérdida paulatina del control de lo anterior por las distintas sociedades genera toda clase de conflictos sociales, políticos y económicos al interior de cada nación y entre ellas.

En tanto, el fenómeno de la globalización desaparece fronteras para el capital y mercancías, no así para las personas.

Frente a este panorama, ¿Que hacemos los mexicanos?

En el siglo XIX, la falta de instrucción permeaba en la mayoría de la población colonial, pero ahora en el siglo XXI ya casi se abate el analfabetismo en Oaxaca, por ejemplo, pero seguimos reproduciendo una educación deficiente.

De acuerdo con las estadísticas, México en el contexto de América Latina. Por país ocupa el último lugar en la educación básica.

Y Oaxaca, en este mismo renglón, permanece en el último lugar de la República.

Comparando nuestro territorio hoy en día, representa una superficie aproximada de 2 millones de kilómetros cuadrados, menor del 50 por ciento de lo que poseía antes de la invasión estadunidense, con una población aproximada de poco más de 103 millones de habitantes y, para fortuna nuestra, tiene un total de 52 pueblos indígenas y 364 variantes lingüísticas que representan el 12 por ciento de la población mexicana total.

Al inicio del tercer centenario de la era moderna, en pleno siglo XXI, cabe hacernos esta pregunta: ¿Somos independientes?

Tajantemente contestaremos que sí… ¡¡Cuando menos de España!!

Sin embargo, tenemos que reflexionar o preguntarnos si ¿somos una nación soberana en lo exterior e interior, si tenemos una economía incluyente y con resultados sustentables, si el desempleo no afecta a nuestras familias y a miles de mexicanos con o sin preparación, si la migración no afecta nuestra economía?

Además, ¿si todos los mexicanos reconocemos nuestra diversidad y pluralismo, si ya no existe el racismo porque cumplimos a cabalidad con el artículo primero de la Constitución que mandata que en nuestro país queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico, el género, la edad, las capacidades diferentes, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias, el estado civil o cualquier otra que atenta contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y las libertades de las personas?

Y, entre otras cosas, ¿si el ánimo regocijante de los mexicanos es por evitar los miles de muertos, muchos de ellos civiles inocentes, miles de personas secuestradas y negocios cerrados, se debe a que tenemos una seguridad pública a prueba de fuego?

Aparentemente, no podríamos utilizar los mismos términos para señalar que el día de hoy aparece la esclavitud, el despotismo y la explotación como en las épocas anteriormente señaladas.

Será porque nuestra educación o nuestro temor no nos lo permite y, a su vez, ocupamos términos más actualizados como pobreza extrema, marginación, desigualdad, inequidad, desarrollo humano, rezago social, etcétera.

A partir de 1821 los mexicanos ya somos independientes por derecho, ¿pero lo seremos también de hecho?

Oaxaca participó activamente en el movimiento de Independencia, de ahí que la conmemoración del Bicentenario del inicio y el 189 aniversario de la consumación de la Independencia deben ser punto de partida para un reencuentro con nuestra verdadera identidad histórica y cultural.

Una identidad de mexicanos y de oaxaqueños, en su caso, forjada en culturas de principios y valores milenarios que nos marcan el rumbo. ¿De dónde venimos?, ¿quiénes somos? y ¿hacia dónde vamos?

En 2010 existe un México vigoroso escondido, arrinconado en el limbo de la añoranza ante propios y extraños, esperando que cada mexicana y mexicano abandone la negligencia, indiferencia y apatía, busque, recobre, desarrolle y fortalezca los valores de su identidad.

Encontremos y hagamos, pues, realidad lo que nos corresponde y seamos un país independiente no sólo de manera formal en todos los sentidos, sino primordialmente en lo económico, lo cual es urgente.

(*) Abraham Santiago Soriano.- Magistrado del Tribunal de lo Contencioso Administrativo del Estado de Oaxaca.

 

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