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Lula empieza a pagar condena de 12 años de cárcel en un Brasil dividido

+ Tras su épico discurso en el Sindicato Metalúrgico de São Bernardo, el expresidente que lidera las encuestas para volver al cargo presidencial se enfrentó en Curitiba a la otra cara de la moneda: los festejos por su encarcelamiento

SAO PAULO, Brasil, abril 8.- El expresidente brasileño Lula da Silva vivió un día agridulce con su histórico encarcelamiento por presunta corrupción y lavado de dinero y empezó a pagar su condena de 12 años de cárcel.

Después de un épico discurso de despedida en el sindicato metalúrgico de São Bernardo fue ovacionado por los suyos, en el que tal vez sea su último acto popular.

Fue allí donde se encontró una pared humana de gente que le pedía que no se rindiera a la policía. Pero a su llegada a Curitiba, Lula se enfrentó a la otra cara de la moneda, con centenas de personas que festejaban en las calles su encarcelamiento.

Curitiba es la ciudad símbolo de la operación Lava Jato. Fue allí donde se destapó la trama de corrupción de la estatal Petrobras, con el grupo de fiscales comandados por el juez Sérgio Moro, enemigo número uno de Lula. “Soy el gran sueño de Moro”, ironizó el expresidente en su último discurso, improvisado poco antes de entregarse a la policía. El acto fue una especie de condición que el expresidente exigió para ir a la cárcel.

Frente a las tensiones en que se sumió el país desde que el juez Moro decretara su prisión el jueves pasado, no cabía otra salida que aceptar la sentencia. Lula debería haberse entregado antes de las cinco de la tarde del viernes (hora local), pero sólo cumplió la orden 26 horas después del ultimátum.

Curitiba se vengó un poco de la resistencia de su blanco preferido. Los fuegos y la cacerolada, los golpes a las ollas que se tornaron famosos durante el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff, sonaron en varios barrios de la ciudad. “Lula ladrón, tu lugar es la cárcel”, cantaban frenéticos sus detractores por las calles, incluso con botellas de champagne en la mano, banderas de Brasil y carteles con imágenes de Lula con ropa de preso.

“Sabemos que aún faltan muchos políticos que deben irse a la cárcel, como [el presidente Michel] Temer, o Aécio Neves [que compitió con Rousseff en las últimas elecciones], pero con Lula ya saciamos nuestra sed de Justicia”, dijo Carlos da Silva, de 24 años, que protestaba frente al edificio donde Lula ya empezó a cumplir su pena de 12 años de cárcel, en un espacio de 15 metros cuadrados.

El joven Silva estaba al lado de otros que, como él, atacaban a Lula y alababan a Jair Bolsonaro, un exmilitar conservador y machista, candidato a presidente de Brasil para las elecciones del próximo octubre. Bolsonaro va segundo en las encuestas de opinión y tiene mucho interés en ver el fin de la carrera política de Lula, que hoy, irónicamente, lidera las encuestas.

Al mismo tiempo, fuera de la cárcel, se concentró una protesta de partidarios del Partido de los Trabajadores, que cantaba: “Lula guerrero del pueblo brasileño”. Ese grupo, sin embargo, fue hostigado por la policía de Curitiba con gases lacrimógenos y balas de goma cuando llegó el expresidente.

El expresidente se trasladó a las instalaciones en helicóptero desde el aeropuerto donde aterrizó en un avión procedente de São Paulo. Entre los que tuvieron que correr delante de la policía estaba Maiara, de 25 años, junto a varios estudiantes. Estaba allí por gratitud a Lula y a sus políticas de inclusión social que, según ella, le dieron oportunidad de ser la primera en su familia, de bajos recursos, en entrar en la universidad. Cuando le preguntaron qué iba a cambiar con el expresidente en prisión, entre lágrimas respondió: “Yo soy el sueño de una vida mejor, pero no sé cuánto va a durar. Tendremos que luchar”.

“LA MUERTE DE UN COMBATIENTE NO PARA LA REVOLUCIÓN”

El expresidente de Brasil se despide de la libertad con durísimas críticas a los jueces. “Yo no soy un ser humano más. Yo soy una idea. Y las ideas no se encierran”, afirma

Ya llevaba más de media hora hablando, esculpiendo cada frase como si estuviese destinada a los libros de historia. Durante un largo pasaje, emuló incluso el célebre “I had a dream” de Martin Luther King. Sobre el camión que le servía de palco, se había fundido en abrazos con políticos de varios partidos, sindicalistas, músicos y hasta curas. Luiz Inácio Lula da Silva hizo entonces una pausa ante los cientos de personas congregadas frente al edificio del Sindicato de Metalúrgicos del área metropolitana de São Paulo y anunció: “Soñaban con la fotografía de Lula preso, van a tener un orgasmo múltiple. Pero voy acatar el mandato”.

Tras dos días jugando al escondite, Lula iba a entregarse. El favorito para ganar las elecciones brasileñas de octubre aceptaba su destino en el presidio. Pero antes arengaba a los suyos para continuar en la batalla: “La muerte de un combatiente no para la revolución”.

Tras finalizar el discurso, Lula, condenado a 12 años de cárcel por corrupción, aún se hizo esperar. Fue llevado a hombros hasta el edificio donde había estado refugiado en los dos últimos días y almorzó por última vez con su familia. Sobre las 17.00 de la tarde (22.00 de la noche en España), se dispuso a salir en un coche, pero decenas de militantes bloqueaban la puerta y gritaban que no le iban a dejar marcharse. Volvió al edificio y la situación se prolongó durante hora y media, en un ambiente muy tenso. Al final, el expresidente salió a pie y, entre empujones, se subió a un vehículo blindado de la policía.

Eran poco después de las 18.40 de la tarde y Lula quedaba técnicamente detenido. Sobre las 20.00 llegó a la sede de la Policía Federal en São Paulo para someterse al preceptivo examen médico. Otro grupo de ruidosos militantes le esperaba allí. Solo se demoró unos minutos para salir en helicóptero hacia el aeropuerto de Congonhas, donde lo esperaba un avión rumbo a Curitiba, la ciudad en la que cumplirá condena.

Cuando el pasado jueves fue decretada la prisión inmediata del expresidente de Brasil, su implacable acusador, el juez Sérgio Moro, intentó mostrar un gesto de magnificencia. “En atención a la dignidad del cargo que ocupó”, Moro dio la oportunidad al expresidente de presentarse de forma voluntaria antes de las cinco de la tarde del viernes.

Lula, desoyendo las voces de numerosos dirigentes del Partido de los Trabajadores que le pedían que se declarase en rebeldía, incluso que buscase refugio en una embajada extranjera, optó por entregarse. Pero quiso dejar claro que él iba a poner las condiciones y elegir el momento. Y que su despedida de la libertad se iba a convertir en un baño de masas y en un acto repleto de carga política.

Así que, tras dos días atrincherado en el sindicato, Lula salió sobre las 10.30 de la mañana para asistir a una misa en memoria de su fallecida esposa, celebrada allí mismo, en plena calle, sobre el camión instalado la víspera para servir de escenario a los discursos políticos de sus seguidores, entre las banderas rojas de los militantes y con la participación de un nutrido grupo de músicos. Terminada la ceremonia, el expresidente tomó el micrófono y comenzó con las despedidas, que dieron paso a un discurso vibrante, tan cargado de reproches para sus acusadores como de frases solemnes.

“Yo no soy un ser humano más. Yo soy una idea”, llegó a proclamar. “Mis ideas ya están en el aire y nadie las podrá encerrar. Ahora vosotros sois millones de lulas”.

Voy a salir de esta más grande, más fuerte e inocente. Porque voy a demostrar que son ellos los que han cometido un crimen

LUIZ INÁCIO LULA DA SILVA

El sitio elegido tenía todo el simbolismo, porque allí fue donde Lula comenzó su carrera como dirigente sindical a finales de los años 60. Era también el lugar desde donde dirigió la mayor huelga obrera contra la dictadura militar brasileña, en 1980. En aquella ocasión, Lula pisó por primera vez la cárcel y, por si no quedaba claro el paralelismo, él se encargó de hacerlo explícito. Tras evocar su detención de entonces, concluyó: “Y ahora estamos aquí en la misma situación”.

El líder que ha protagonizado tres décadas de política brasileña dedicó buena parte del discurso a arremeter con gran dureza contra sus acusadores: los fiscales, el juez Moro, la Policía Federal… Y también contra los grandes medios de comunicación brasileños. “Ellos”, argumentó Lula, son los verdaderos criminales. Les acusó de haber creado “casi un clima de guerra en el país”, de orquestar una acusación sin pruebas e incluso de la “canallada” de provocar la “anticipación” de la muerte de su esposa, Marisa Leticia, también acusada por los jueces en el caso que ha acabado llevándole a la cárcel.

“Nunca les perdonaré que me hayan dejado como un ladrón”, advirtió. “Yo tal vez esté viviendo el mayor momento de indignación que un ser humano haya podido vivir”, señaló.

Su único delito, explicó, ha sido ser “un constructor de sueños”. Y ahí reprodujo el estribillo de Luther King para explicar su sueño de un país más justo, donde millones de pobres pudiesen incorporarse a la economía, tener oportunidades, ir a la universidad, un país donde nadie pasase hambre.

Es precisamente por eso, defendió, que ha sido condenado. Porque, según la tesis de Lula, “ellos” no soportan que “los pobres puedan comprar un coche, puedan ir a la universidad, puedan viajar en avión”. Siempre acompañado por la expresidenta Dilma Rousseff, derribada en 2016 por un proceso de destitución parlamentaria, Lula atacó: “El golpe no terminó con Dilma, el golpe tenía que continuar para impedirme ser candidato”.

Así, encadenando una frase de efecto tras otra, fue llegando hasta el final. Después de anunciar que se entregaría, se apresuró a matizar: “Voy a llegar de cabeza erguida y voy a salir con el pecho hinchado”.

Y aunque todo sonaba como una larga despedida, y en algún momento llegara incluso a aludir a la muerte, Lula no se resistió a mantener firme hasta el final su imagen de viejo luchador: “Voy a salir de esta más grande, más fuerte e inocente. Porque voy a demostrar que son ellos los que han cometido un crimen”.

 

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