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Crónicas urbanas

“SÍ, MI PADRE”.- ¿Cuánto me cobra al Parque del Amor?

–Doce pesos mi padre!

El chofer del colectivo es moreno, robusto y mayor que yo, por eso el “mi padre” me desconcierta un poco. Habla con cierta familiaridad con una mujer que le acompaña.

–No, mira, ese cabrón venía molestando a la chavita, la venía acosando y entonces por el retrovisor le dije la dejas tranquila cabrón o te bajo.

Entonces pregunto:

–Oiga: llega usted al centro o va a la central.

–Voy al centro mi padre.

Otra vez, “mi padre”. Pienso que quizá este hombre no tuvo padre y evoca en cada masculino un poco de su progenitor. Ahora, por la forma en que lo dice, el “mi padre”, es como si viera en mí una especie de Quetzalcóatl de la periferia.

Fantaseo en que su “mi padre” es una suerte de veneración. La verdad no parece tal, más bien parece ser un personaje empático y que quiere contagiar su alegría de sábado.

Cómo es que un tipo que parece tan rudo, además por lo que cuenta, en su otra vida, tal vez fue perseguidor de pederastas, porque le ha sacado el cuchillo a cuanto cabrón se pasa de lanza en su taxi.

Cómo es que este tipo me dice “mi padre”, así nomás porque sí.

–Bueno, ahí me bajo.

–Sale “mi padre”. Gracias.

Posdata.- No le dije “gracias mijo”, porque quizá íbamos a terminar abrazados y llorando. La psicología masculina es ignota.

 

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